La compra
ICon mi modesto sueldo de humilde camellero de call-center, apenas me alcanzaba para sortear mis necesidades estudiantiles: darle el 25% de mis ingresos a mi mamá, pagar mi cuota de "transvales" para que el transporte urbano me saliera a mitad de precio, una bolsa de galletas integrales o un vasito de elotes con crema y queso para torear al hambre escolar que suele pegar severa a las seis de la tarde, y, una ida al cine con la que en ese momento era mi novia.
De seguro también me quedaba presupuesto para embodegarme unos buenos alcoholes (caguamas y licores más bien económicos), ya que recuerdo que esa fue la única razón por la que inicié mi vida laboral.
Después de unos ocho meses de estar en la empresa, recibí mi primer aumento, que aunque no era mucho (unos doscientos pesos a la quincena), me permitía llevar mi cotidianeidad con un poco de más holgura.
Mi colega y amiga Sandra Hernández me reprendió alguna vez entre llamada y llamada por mi franciscana austeridad: "a nosotros nos pagan y terminando el turno nos ponemos un pedononón o nos vamos todos a comprar ropa nueva [o ambas, debo decir]; tú en cambio te vas corriendo al CUCEA a comprar tus boletos del camión".
Así era realmente. Una noche de copas ligeramente desmedida y mi bolsillo se vería afectado hasta el próximo día de pago (que además era los días 5 o 20... ). Cuando recibí esos primeros doscientos pesos extra fue que por fin sentí que tenía un dinero para darme un par de gustos... Y así lo hice, casualmente esa semana mi día libre fue el sábado y me lanzé a la librería del Fondo de Cultura Económica a comprarme alguna ganga editorial; como también me quería comprar un disco mi presupuesto no podía exceder de unos cien pesos por artículo.
En la Joseluisa, después de vagar como una hora deleitándome con muchos de los libros que jamás voy a leer, me detuve en el anaquel de literatura hispanoamericana y en particular en la sección de libros de Borges. Yo ya había leído El Aleph, el cuál a pesar de su dimensión diminuta, me tomo un par de semanas en terminar ya que era un libro de ida y vuelta: tenía que leer y releer esos cuentos, con diccionario en mano, para poder medianamente entender esas historias borgianas. Con todo y todo, el libro me había encantado y quería seguir leyendo al argentino.
Había varias opciones por adquirir y más o menos al mismo precio, elegí Ficciones por razones de mera eficiencia: son dos libros en uno. Posteriormente fuí a la sección de jazz y música clásica que MixUp tiene en el Centro Magno y por una módica suma me hice de otro dos en uno: un disco con tangos de Gardel y otro con versiones más recientes de Olimpo Cárdenas.
Hasta la fecha consideró la mejor compra que he hecho en mi vida y no gasté ni 160 pesos. Me referiré en este espacio tan sólo al disco doble, ya que lo del libro merece un espacio aparte. Llegué a la cava familiar, que ni es cava (es un cuartucho con anaqueles), ni es de la familia (sólo mi papá y yo vaciamos botellas de ahí) y puse el cd en la vieja grabadora.
Inicié con el cd de Olimpo y desde la primer canción me enganché: "Si arrastré por este mundo, la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser/ bajo el ala del sombrero cuantas veces embozada, una lágrima asomada yo no pude contener... " Cuesta abajo se llama el tango, y es una oda al amor osado y valiente, una oda al amor que se entrega completamente no con la ingenuidad del adolescente que piensa que su amor de verano será infinito y bien correspondido, sino con la entereza de quien concibe que ese amor tendrá un fin y eventualmente un fin ingrato y cruento. A pesar de eso, el bravío cantante culmina su canción quizás con un ligero llanto, pero mirando al horizonte y de pie: "... por aquéllos ojos brujos, yo habría dado siempre más".
Volver, Uno, Caminito, Yira, yira, Esta noche me emborracho y otros muchos tangos magníficos fueron parte de la colección de la que me hice de golpe y porrazo gracias a una compra igualmente acertada. Es curioso que en nuestra América Latina la música que caracteriza a cada país suele ser alegre en su mayoría (Colombia, Brasil, México y el Caribe son un ejemplo con sus ballenatos, batucadas, mariachis y salsas); en el caso de la Argentina, el tango es eminentemente triste... acaso por eso mi música predilecta.
PD En su momento al oír esas canciones sentí una melancólica emoción por esas experiencias vividas por alguién más. De súbito, esos tangos dejaron de hablar de argentinos del siglo pasado y hablaban de mí: alguna mujer por la que traicioné a mis principios y a mis amigos; otra, por la que ya no pude rodar más cuesta abajo porque ya no había más pendiente que alcanzar; y el otro tango, el que sintetiza la vida misma: Yira, yira
Cuando estén secas las pilas
de todos los timbres
que vos apretás,
buscando un pecho fraterno
para morir abrazao...
Cuando te dejen tirao
después de cinchar
lo mismo que a mí.
Cuando manyés que a tu lado
se prueban la ropa
que vas a dejar...
Te acordarás de este otario
que un día, cansado,
¡se puso a ladrar!
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