La elección y el voto nulo


La primera elección federal de la que tengo recuerdo es la de 1997. Yo tenía escasos dieciseis años pero desde esa edad yo estaba muy interesado en las opiniones políticas que había en los diarios. Y esa elección me atrevo a sintetizarla con un comentario que hizo Pedro Ferris de Con en un programa de analísis político que el conducía para un canal de cable: Ferris hacía mención que en algún momento del día él platicaba con un niño acerca de que hasta antes de esa elección todo mundo sabía de antemano quien iba a ganar. La conclusión del niño era no sólo contundente sino digna de un ciudadano de la Grecia antigua: "¡Qué aburrido!".


Esa elección fue el parteaguas del rompecabezas multicolor que gobiera a este país: hay tricolores, azules y amarillos (y un montón de colores parasitarios que de vez en vez se cuelgan de los colores dominantes). El PRI perdía la mayoría en el Congreso y el grandilocuente Porfirio Muñoz Ledo (otrora priista, no lo olvidemos) le decía al Presidente Zedillo el 1o. de Septiembre de ese año: "Juntos [los legisladores] somos mucho más que vos".


Mejor inicio no podría tener la diversidad en el gobierno federal, con un discurso emotivo, sensato y culto. El propio Porfirio se convertiría en un caso arquetípico de la mojiganga en que convertiríamos a nuestro sistema político: candidato presidencial por el PARM y promotor del candidato del PAN, Vicente Fox, en una misma elección; funcionario federal de un gobierno panista; promotor férreo de Andrés Manuel López Obrador en la elección de 2006.


[...]


Pasaron casi 10 años y me tocó ya ser partícipe de la elección más cerrada de la joven democracia mexicana. Felipe Calderón le arrebata la presidencia a Andrés M. López en un final de fotografía y el país corre el riesgo de caer en una insurrección cuyas heridas están todavía lejos de cicatrizar. El próximo domingo, será la elección intermedia del periodo de FCH: la ratificación o el desdén hacía su mandato con un nuevo color como protagonista: el blanco de la anulación.


Pasó casi un siglo para que México tuviera una elección democrática después de la que ganó Franciso I. Madero en 1910; muchas personas perdieron sus vidas para que los votos de todos contaran y se contaran. Doce años después de aquél 1997, la tercera fuerza en muchas entidades del país es el voto nulo; la silenciosa protesta contra los gobiernos corruptos, egoístas e incompetentes de todos los partidos en todos los estados de todo el país. El voto del desencanto... el voto que no cuenta.


Estamos a una semana de la crucial elección. Tomaré dos ideas para concluir éstas letras: la primera, de José Woldenberg: "La alternancia ya depende de los votantes"1, y la segunda, de Enrique Krauze, cuando afirma que la estructura de poder en México ha sido siempre una pirámide y desde que tenemos elecciones libres hemos ido desmontándola ladrillo a ladrillo para de a poco convertirla en una plaza pública donde los problemas de la Nación puedan ser ventilados, airados y debatidos2. En ese proceso estamos todavía; no es el momento de tirar papeletas en blanco, sino de votar por una opcion (acaso la menos peor) y darle un seguimiento más frecuente y no, como hemos venido haciendo, hasta la próxima elección.



2 Reforma, 28 de junio de 2009.

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