El caudillo naranja
A los mexicanos, como a la mayoría de los latinoamericanos, no les gustan las instituciones sino los caudillos. Las pasadas elecciones en el Área Metropolitana de Guadalajara son ejemplo de ello: el triunfo mayoritario del Partido Movimiento Ciudadano fue esencialmente el de una persona, Enrique Alfaro.
Los electores no votaron por un partido de reducida convocatoria ni por un programa de gobierno que representara sus intereses: su voto (en los diversos municipios metropolitanos) fue una extensión de su simpatía por el señor Alfaro.
Dichos votos trajeron una saludable alternancia en el AMG, y muy seguramente también en el gobierno estatal dentro de tres años, pero esa cuasi devoción a un individuo puede traer perjuicios.
El primero de ellos, la esperanza desmedida: una sola persona no puede resolver todo en una democracia. El gobernante debe estar arropado por el andamiaje institucional que le permita cambiar lo que no funciona. Alfaro no cuenta con ello: muchas cosas dentro del sistema están viciadas (acaso podridas). Esperar que Alfaro resuelva en tres años los males endémicos en la ciudad es esperar demasiado. Podrá resolver algunas cosas, incluso de raíz, pero es posible que a sus electores eso parezca poca cosa dada la altísima expectativa sobre el y su gobierno.
El otro riesgo es que la frustración de no poder reparar todo rápido le provoque buscar mas poder, mas atribuciones que le permitan imponer lo que sus numerosos electores le claman: el riesgo de convertirse en un caudillo, un llanero solitario depositario único y exclusivo de lo que al pueblo le conviene. Un AMLO, pues.
El Movimiento Ciudadano es básicamente el de uno solo: Enrique Alfaro. A el le corresponde gobernar con sensatez, prudencia y férreo respeto a la ley. A sus electores y a la sociedad les corresponde ecualizar a un extraordinario candidato y buen gobernante para que este no mute en un nuevo mesías político, un paladín inmaculado, un caudillo naranja.
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