El accidente.

Al llegar a casa me pareció extraño ver desde fuera muchas luces encendidas; al abrir la puerta y ver al interior a varias mujeres a esas horas del sábado, sólo podía anticipar malas nuevas.

  • Iván, mis papás tuvieron un accidente –me dijo Mariana con cierto dejo de tranquilidad.

Estaban Elsa, Vicky y Miriam haciéndole compañía. Yo había ido al cine con mi novia Mayra, y en ese momento recordé cierto impulso que tuve de llamar a la casa poco antes de entrar a la sala de cine; yo no usaba teléfono móvil y las llamadas las hacía desde un teléfono público con una tarjeta Ladatel. Tuve el inusual impulso, pero como siempre no hice la llamada.

Elsa me sugirió telefonear a mi papá (él si traía celular). Me dijo que habían chocado a unos 7 minutos de Tala, pero que estaban bien: mi mamá había ido a parar al seguro pero ya estaba en casa de mi tía Sonia junto con él. El único que no se había quedado en Tala había sido Omar, mi hermano el menor. A él lo trasladaron en ambulancia al Centro Médico y mi tío Elías, que pasaba una temporada en el pueblo en esas fechas, se vino con él. "Pero estamos todos bien, me dijo, mañana date una vuelta al Centro Médico si quieres".

Evidentemente a nadie mandan al hospital por "estar bien", por lo que le dije a Mariana que yo me iba a al Centro Médico a cerciorarme de lo que pasaba en realidad. Ella asintió con un poco de timidez, Miriam se dirigió hacia mí y me dijo que ella se quedaría a dormir con Mariana esa noche. Elsa se ofreció para acompañarme, lo cual agradecí ya que yo no sabía llegar exactamente al nosocomio.

Supongo que por la hora no demoramos mucho en llegar a la clínica. Elsa sugirió que entráramos por urgencias y ahí estaba mi tío Elías con un rostro más bien adusto. Se sorprendió al vernos y sólo confirmó lo que ya me había dicho mi papá: habían chocado cerca del pueblo, mi mamá había ido a parar al hospital y a mi papá se lo llevaron del lugar de los hechos: en el accidente había sangre y riesgo que a mi papá lo arrestaran hasta que la situación se aclarara. La sangre, era la suya propia, la de mi mamá y la de mi hermano…

  • ¿Cómo le hago para ver a Omar? –pregunté.
  • Yo acabo de entrar hijo -me dijo mi tío-, espérate una media hora y vas le haces la chillona al de la entrada para que te dé acceso. Como es urgencias, no se permiten visitas ni cosas por el estilo.
  • ¿Cómo está?
  • Bien…

Nos sentamos en esas incomodísimas sillas setenteras que tienen en todas las unidades del Seguro Social. Mi tío empezó a soltar más detalles del accidente. Alguien que iba rumbo al pueblo vio el percance en la carretera y llegó a casa de mi tío Juan para avisarle que una camioneta parecida a la de su cuñado estaba en muy mal estado fuera de la carretera; mi tío Elías y él hicieron cálculos rápidos y era muy probable que esa camioneta volcada fuera la de mi papá.

Ellos mismos tomaron rumbo al lugar del accidente y aunque ya había un par de vehículos por ahí, todavía no llegaban ni patrullas ni ambulancias. Encontraron a mis papás ya conscientes, y sobre todo preocupados porque no lograban encontrar a mi hermano. Peinaron la zona cercana a donde estaba la camioneta y ni rastros.

Uno de los tripulantes de los vehículos que ya estaban ahí encontró a Omar a varios metros de donde la camioneta. Les gritó y fue mi tío Elías el primero en llegar a verlo: inconsciente, golpeado y en evidente estado de fragilidad: apenas tenía unos 5 años y presumiblemente había salido volando varios metros cuando ocurrió el accidente. Estaba entre las raíces de unos árboles, por lo cual el riesgo de un mal golpe era alto.

- Treinta minutos tío, voy a ver si puedo entrar –le dije.

No dijo nada, sólo asintió y apuntó hacía el tipo que en ese momento estaba de guardia en la entrada. La negociación fue breve pero positiva: me pidió esperar algunos minutos más ya que aparentemente había un médico de cierto rango viendo a los pacientes en ese momento. Llegado el momento entré a ver a Omar. No fue difícil encontrar su camilla, ya que él era el paciente más pequeño en toda la sala.

-Carnal, ¿cómo estás? –le dije.

Bosquejó una sonrisa diminuta y tímida. Me dio la impresión que le dio gusto verme ahí con él en ese momento, sabedor que mis papás estaban en ese momento buscando sortear sus propios lances. "Bien, carnal", me dijo con voz queda y con una entereza que yo encontré inusual para su edad, él, que cada mañana le lloraba a mi mamá cuando lo dejaba en el jardín de niños, respondía con helénico estoicismo en la fragilidad y soledad de su colchón de urgencias.

No recuerdo si le di razón de mis papás, acaso le dije que ellos se habían quedado en Tala en el Seguro. Lo que sí, es que le corroboré que mi tío Elías y yo nos quedaríamos con él las próximas horas haciéndole compañía. Él pareció conforme con "el plan", y nuevamente me asombró que no pidiera a su mamá…

"Ya me voy, le dije, no puedo quedarme mucho tiempo". Asintió. Estaba por darme la media vuelta cuando me dijo que no podía mover la espalda. Inédito, es el único adjetivo que se me ocurre para describir ese electrizante frío que me recorrió el espinazo, ante el miedo de pensar que mi hermano de cinco años no pudiera jamás volver a caminar…

Disimulé indiferencia, y mis manos fueron a moverle un poco sus pies. "¿Los sientes?", le pregunté y contestó afirmativamente. Fui recorriendo mis manos hasta llegar a sus muslos y ante un movimiento contenido en sus extremidades me seguía respondiendo que sí podía sentir sus piernas. Eso me dio esperanza, pues en algún lugar había leído que quien pierde la movilidad de sus miembros no los puede sentir.

Salí preocupado hacía la recepción-sala de espera. Fatigamos un par de horas más y regresé a dejar a Elsa en su casa; yo llegué a casa a dormitar tan sólo un rato. Tengo el recuerdo vivo de unos limpiaparabrisas que en la madrugada estaban "trabajando" sobre Avenida La Paz seguramente bajo el efecto de estimulantes pues sin pudor alguno hablaban que ya casi se iban "a tumbar"….

Al pasar en el auto por fuera del templo de Cristo Rey, me hubiera gustado que estuviera abierto, detenerme y demorar algunos silencios en la parroquia. No recuerdo haber tenido predilección ni por la plegaria ni por el reproche: tan sólo buscaba silencio, una cruz y un techo altísimo…

[…]

El día siguiente fue domingo pero no fui al hospital hasta mediodía, ya que mi mamá quería que la esperara a su regreso a Guadalajara para ir a ver a Omar. Mi papá también llegó con ella, pero todavía traía rastros del choque y prefirió quedarse en casa: alguien recomendó que exponerse golpeado y sangrado era una invitación para hacerlo sospechoso del choque y objeto de ser requerido por el ministerio público.

    Unos tíos también vinieron con ellos; mi tía Sonia nos acompañó al hospital y mi tío Ricardo se quedó en casa acompañando a mi papá que le había tocado lidiar con la peor parte: físicamente molido por los golpes, moralmente culpable por el choque y sus consecuencias, y además sólo en casa, incomunicado y sin poder ver cómo estaba realmente el más pequeño de sus vástagos.

    Ignoro la charla que tuvieron Omar y mi mamá cuando ésta llegó a verlo, todavía en urgencias. Mi tío Elías y yo hicimos algunos trámites legales por lo del choque e hicimos alguna comida (mi tío se vino del pueblo con apenas unos pesos en la bolsa y no había probado bocado desde la tarde del día anterior).

    Al volver al hospital mi mamá nos comentó que le habían quitado a Omar una piedra de considerable tamaño que se le había quedado atorada en la espalda: Omar no podía mover la espalda por el dolor que le provocaba al tenerla sumida entre sus carnes. Descarté la posibilidad de que ya no volviera a caminar y no pude hacerme sordo a la plegaria: "gracias Viejo", musité para mis adentros, musité para mi Dios.

    A partir de ahí fue sólo cuestión de espera: mi tío y yo pernoctamos en el hospital (a Omar nunca le dieron habitación por lo que nos quedamos en las burocráticas sillas del IMSS). Yo sí me quedé dormido un par de horas mientras leía la versión Milenio de Romeo y Julieta. Recuerdo también que cuando le decíamos a mi papá que todo estaba bajo control, hacía una discreta mueca de descrédito y yo lo entendí: la última vez que vió a Omar, éste había sido furiosamente arrojado de una camioneta a varios metros donde ésta, la camioneta, había quedado completamente destrozada. El sentido común no dictaba que todo pudiera estar "bien".

    El lunes Omar siguió en observación. Yo me comuniqué con mi supervisor para decirle que no iría a trabajar. Me sorprendió un poco que Mayra hubiera hecho tan poco por contactarme (en algún momento del domingo le dije lo que había sucedido), pero no tenía mucho ánimo de hacerme de un lío amoroso en esos momentos.

    Esa noche mis amigos Alondra y Luis Javier fueron un rato al hospital. Creo que pocos como ellos sabían en ese momento lo que desde siempre ha significado Omar en mi vida. Fuimos a cenar a unos tacos cerca de ahí junto con mi tío. Recuerdo que Alondra aprovechaba las luces bajas de la calle para masajearme discretamente la espalda: ella y yo teníamos una especie de idilio en stand by que no habíamos culminado principalmente por mi relación con Mayra.

    Mi mamá y mi tío se quedaron en el Centro Médico y yo acompañé a mi papá en casa. Vimos un rato tele sin comentar gran cosa. Yo me sentía cansado y aunque sé que mi padre sí tenía cosas que decir, me dio la impresión que prefirió dejar todo para un momento menos angustiante.

[…]

Tampoco trabajé el martes. Por la mañana llegué a la clínica y mi tío Elías ya había partido a Tala (no le quedaba mucho tiempo para preparar su vuelo a Indiana, donde hasta la fecha vive). No me pude despedir formalmente esa vez, pero una parte mía contrajo una enorme deuda moral por su lealtad de esos días.

    Alrededor de las once de la mañana nos dieron el alta médica del niño. Sólo mi mamá y yo estábamos ahí, y la indicación era reposo, mucho reposo. Mi hermano no podía caminar, así que lo tuve que llevar abrazado hasta el carro; al salir de la clínica, alguien del personal, acaso un camillero, se dirigió hacia nosotros: "¡Felicidades! No hay alegría más grande que cuando dan de alta a tus hijos". Me sacudieron sus palabras pero me describieron a plenitud: yo era inmensamente feliz en ese momento y le respondí la lección de vida con una franca sonrisa. Evidentemente Omar no es mi hijo, pero acaso lo quiero como si lo fuera. No tengo hijos aún, pero si los llegó a tener, me gustaría que tuvieran al menos un poco de la gallardía y entereza que mostró en esos días el pequeño que yo llevaba en ese momento entre mis brazos.

[…]

Mi papá nos recibió en la calle y su rostro no disimulaba en lo absoluto el goce de poder ver a su hijo el menor. El saber que él ya podría cuidarlo y verlo con sus propios ojos, y no sólo con nuestras palabras, también me dio enorme alegría.

    Comí ligero, tomé mi mochila y le dejé las llaves del carro a mi papá en la mesa. "Por lo que se ofrezca", le dije, me di media vuelta para no darle chance de replicar que me llevara el carro y tomé rumbo al CUCEA. Todavía me veo claramente caminando sobre la acera de la calle de mi casa, un poco descansado, un poco feliz…

Julio 10, 2010

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