Protesta contra las corbatas.
Hay un episodio de la exitosa comedia estaounidense Seinfield en la que uno de los temas que se abordan es el segundo botón de las camisas como factor determinante para que éstas se le vean bien a su dueño y portador. El conflicto al que haré referencia en éstas líneas, es con el primer botón, como factor para que su dueño y portador pueda también acompañar su atuendo con una corbata.
Hace algunos años le pedí a mi amigo Fausto que me acompañara a un tienda departamental a comprar una camisa que pensaba estrenar esa misma noche en una boda. Uno de los factores para mi compra, además del precio y que la camisa hiciera juego con un traje gris, era que el cuello me cerrara para poder anudarme una corbata.
La gente menuda seguramente jamás ha pasado por la desagradable experiencia de que la camisa no cierre en la parte superior y que tengas que optar por forcejear con el botón hasta que ceda (con el riesgo de morir ahorcado o decapitado en tan brutal intento), o cambiar de camisa (con la que seguramente tendrás un problema similar) o de plano evitar la corbata.
A mí, es algo que me venía ocurriendo cada que tenía que portar una corbata, y así como las mujeres tienen que planear su arreglo personal con varias horas de anticipación por aquello del maquillaje, el peinado y las múltiples pruebas de las prendas a portar, yo tenía que hacer una planeaciòn en función del tiempo que estimaba batallar para anudarme la corbata. En algunos casos hasta una hora... y no siempre con éxito.
El vendedor de la tienda departamental me mostró una media docena de camisas y en ninguna había éxito al hacer la prueba del primer botón. Ni siquiera con sus camisas de mayor talla. En algún punto el empleado comentó que yo era tan grande, ¡que no había camisas de mi talla! Francamente supero el 1.80 de estatura, y mi complexión es más bien gruesa, pero de ahí a afirmar que no había prendas de mi tamaño no sólo era temerario sino que rallaba en la estupidez.
Compré otra camisa en otra tienda, pero tampoco pude encontrar una que me cerrara por la parte del cuello. Acudí a la fiesta que tenía esa noche con una camisa vieja a la que más o menos le tenía tomada la medida para ponerme la corbata.
Nuevamente me vi en la necesidad de comprar otra camisa para usar en otra fiesta a la que quería acudir con corbata. Nuevamente no encontré una prenda que me cerrara por el cuello, y de plano el vendedor me sugirió comprar una de talla "extra". La verdad no creía estar tan obeso, pero dados mis problemas milenarios con las camisas y las corbatas, cabía la posibilidad que las prendas no fueran el problema sino el portador... Total, que pedí una camisa de esas tallas en color blanco (en realidad no manejaban otro color) y quedé horrorizado al ver como me cerraba el cuello con más facilidad que al untarle mantequilla a un pan (aunque en realidad me quedaba sobrada). La camisa además, me quedaba enorme, casi como si hubiera agarrado una sabana y sólo le hubiera acondicionado unas mangas. Tampoco esas prendas de magnitudes colosales eran lo que yo necesitaba para poder portar una corbata con relativa comodidad...
Otro vendedor me explicó posteriormente, que en realidad mi anatomía si presentaba ciertas complicaciones: mi espalda y mi cuello son anchos, y era por eso que las camisas que en realidad eran las de mi talla, no necesariamente me cerrarían por esa especie de desproporción (el vendedor jamás se refirió a mi como obeso por lo que su argumentación jamás atentó contra mi amor propio); aún cuando las tallas extras pudieran quedarme en la parte del cuello e incluso en los hombros, en el resto del cuerpo se me vería enorme y aunque sí podría ponerme una corbata, corría el riesgo que el resultado final fuera una suerte de El Pingüino después de una liposucción barata...
Ésta explicación, sin duda hecha por un profesional, fue la que me ha inspirado definitivamente en declarar las corbatas en desuso de mi guardarropa y a partir de ese día, sin importar la ocasión, me presentó a todas las reuniones, fiestas y huateques, portando un traje recién salido de la tintorería, zapatos lustrados (las más de las veces) y una camisa sin corbata.
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