Las dos rocas.


No se escuchaba más que el torpe crujir de las ramas en el suelo, aplastadas tímidamente por las sandalias del hombre. Él caminaba despacio y en zancadas cortas. Constantemente volteaba hacía atrás, como temiendo ser abordado de repente. Parecía pretender escabullirse de la noche, de una pena, de sí mismo. Se veía angustiado, incluso perdido. Recargó su cuerpo en un árbol grueso y se aferró a él, procurando encontrar el sosiego que la noche le había estado negando.

Postró su frente en el tronco e inhalo tanta congoja como su ser le permitió. El hombre era corpulento, de extremidades fuertes y vigorosas, barba abundante y poblada, el pelo ligeramente rizado y también vasto. Pero toda esa fortaleza física resultaba insignificante para soportar el dolor que parecía abatirlo.


Calmó de repente. Como si aquél pesar le hubiese dado una tregua (como todas, efímera). El hombre avanzó un par de pasos, no muy lejos del árbol que incluso alcanzaba a tocar con su mano izquierda. Buscaba algo. Volteaba arrebatado de un lado a otro. Por fin atisbó.


Caminó hacía una roca que estaba a unos cuántos pasos del árbol. Había un claro en el cielo que permitía que el resplandor de la luna llegara con más intensidad a la piedra. El hombre se sentó muy cerca de ella. Escondió su rostro entre sus rodillas, y con sus dedos sujetó firmemente sus cabellos. Comenzó a gemir y a lagrimear, y así permaneció varios minutos… la tregua había cesado.

El hombre dejo de llorar. Pero permanecía en el mismo sitio, en presunto reposo de su llanto. Tomó una vara del suelo y disimulo escribir algo en un rellano de tierra que el pasto no había invadido.

[]

Comenzaron a oírse pasos, no muy lejos de ese lugar. Cada vez más intensos, rápidos, inminentes. El hombre permaneció sentado, aunque despavorido. La piel morena de tantas jornadas bajo el sol, tornosé blanca como la luna. El hombre buscó infructuosamente el alfanje asido a su cintura. Tomó su vara con fuerza: tensos los brazos, los ojos desorbitados, la frente empapada de miedo,  respiración entrecortada y sigilosa.

Las zancadas se escuchaban a menor distancia. Una silueta se aproximaba acelerada e irremediable hacia el hombre; éste no podía más que contemplar, como si toda la tragedia que portaba se hubiera desplomado inclemente sobre sus hombros. La silueta era ya una sombra menuda y se alcanzaba a escuchar que decía:

— Simón, Simón, ¿erés tú?

El hombre se estremeció. ¿Quién osa buscarlo sino su destino? Y a esa hora; quizás la última vigilia de la noche.

— Simón... —pronunció jadeando la voz, casi ladina que emanaba de la silueta—. Simón... tengo un mensaje del Rabí.

El hombre se sobresaltó y se puso en cuclillas. Se acercó corriendo el joven, en medio aún de sus últimas mocedades.

— Simón... —el hombre seguía sin contestar, pero el joven parecía estar seguro de haber encontrado al que buscaba—. Estuve con el Rabí. Me pidió que os buscara... y que os recordara apacentar su rebaño.

El hombre miró incrédulo al chico. Éste se veía exhausto, su mirada arrojaba un entusiasmo indomable, una esperanza indómita. Simón conocía sobremanera aquella forma de mirar. La había visto puñados de veces en muchedumbres y en corazones solitarios y abatidos. El mismo se había emocionado como el muchacho muchas veces: cuando el Rabí les explicaba a él mismo y a los otros once como era el Reino; cuando sanaban a los enfermos en el nombre de Jesús; o cuando el Rabí le pidió hacer un par de pescas que devinieron en prodigios; o... cuando el mismo Jesús le dijo no hacía muchas noches y sin comprender del todo, que apacentara sus ovejas… Hasta esa noche... en la que él mismo negó más de una vez a su Maestro y amigo.

Simón volvió en sí. El muchacho ya no estaba, pero no se había ido. Nunca se fue, puesto que Simón llevaría preñado ese recuerdo y esa noche hasta el último de sus días. Faltaban pocas horas para el amanecer y el hombre tenía que buscar a los otros diez para reunirse con ellos. Tomó la vara, se ayudó de ella para andar y dejo el Huerto de Getsemaní, en busca del destino que le había recordado aquél chico.


josé iván dávila

abril 18, 2003

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