Buenos días, Doña Cuca.

Según un texto que Enrique Krauze escribió por motivo de un cumpleaños del historiador francés Jean Meyer, hay que haber vivido al menos siete décadas para que a alguien le puedan anteponer la palabra “Don” (o “Doña”, en su defecto) a su nombre.  Me referiré en este texto a la señora Refugio, acaecida hace apenas unas semanas sin haber llegado a los setenta años pero a la cual todos conocíamos, desde hace no menos de dos décadas, como Doña Cuca.
Fue la mamá de dos de mis mejores amigos de la infancia (“la amistad más pura”, acorde a mi camarada J. C. Zambrano) por lo que mi trato con la señora fue más bien a través de ellos.  Sin embargo, camino a la escuela primaria pasaba por su casa y era común encontrar a doña Cuca barriendo la entrada de su casa.  Siempre nos dimos el buenos días de manera educada me parece, aunque con los años reparé en la cuenta que ella siempre sonreía al saludar.  Debo decir además, que su sonrisa era siempre franca, honesta y genuina.
Me parece también, que el hecho que todos le llamáramos “Doña” de una manera “prematura” (acorde a los cánones) era más un elogio que una costumbre (más de una vez escuché a sus propios hijos referirse a ella como “doña Cuca”).  Doña Cuca fue madre y padre al mismo tiempo para sus ocho vástagos y a la distancia parece que hizo un excelente trabajo como líder de su familia: acaso con más convicción que resignación, se impuso dedicarse en cuerpo y alma a sus hijos.  Más de alguna ocasión la vi acompañar a sus hijas, ya entradas en sus veintes, muy de mañana (aún a oscuras) a esperar el autobús que las llevaría al trabajo o la escuela.
Una única ocasión me fue dado verla maldecir y despotricar.  Mi amigo José y yo, aún mozos, fuimos al mercado de la localidad y con nuestras escasas monedas compramos un juguete en forma de venda sangrante que se embonaba al dedo de la mano y que simulaba que el portador había sido atravesado por un clavo; el plan era ir a nuestras casas a asustar a nuestras respectivas progenitoras con el lúdico instrumento.  Por cuestión geográfica (la casa de José estaba más cerca del mercado que la mía), tocamos a su puerta y abrió su mamá: “¡Mira!”, le dijo con cierta emoción mi camarada a su señora madre, a lo que esta quedó con la boca abierta y los ojos fuera de su órbita, quizás exclamó algo que ya no recuero.  “No se crea amá”, dijo rápidamente mi amigo, no sé si impulsado por la reacción alarmante de su madre o simplemente porque era lo que proseguía.  “¡Pinche animal pendejo” le gritó doña Cuca a mi amigo (dudo que haya una persona, fuera de sus hijos, que la haya escuchado decir grosería alguna) al ver que se trataba de una mala broma, mientras empujaba furiosa a su hijo hacia la casa.  Después de ver esa reacción extrema en una madre tan ecuánime como doña Cuca y temiendo por un castigo ejemplar (como el que mi amigo estaba por recibir), decidí no hacerle la broma a mi mamá…
Con los años me mudé del barrio pero seguía visitando a mis papás, usualmente sábados por la mañana.  Varias veces me tope a doña Cuca y continuábamos el ritual del “buenos días” (más de alguna vez le dije buenos días a pesar que ya pasara de mediodía, tan sólo porque me parecía que así era como debía saludarla).  Insisto que su saludo siempre fue generoso y afectuoso y me entristece saber que ya no habrá mañana en que lo pueda recibir. 

Quiero pensar que su partida de entre nosotros, se debe a que Dios también necesita de vez en vez, recibir un “buenos días” de doña Cuca... Descanse en paz.

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