Que mueran de miedo.
El hombre llegó a cenar a una taquería, como hay cientos en la ciudad. Una de las desventajas que tiene el hombre común con respecto al Cristo es que éste estaba consciente de su Última Cena; el resto de las personas lo ignoramos, a menos que la ley nos haya condenado a la pena capital. El hombre del que hablo en ésta ocasión, pidió sus tacos sin saber que serían su última cena (aunque no pudo siquiera terminar con su orden).
Creo que debo referir que no conocía al hombre, ni creo que sea menester que lo haya conocido. Me fue dado saber que ésta historia sucedió, y lo peor de todo, es que la creo, la creo y no me sorprende en lo absoluto. Por eso me atrevo a desvelarla en éste espacio usualmente reservado para mis desvaríos pero que en ésta ocasión particular, es elegido para la manifestación de la rabia hacía las personas sin escrúpulos, sin principios y sin dignidad; y del miedo por concebir que El Hombre de éstas letras pude haber sido yo o cualquiera de los míos.
El hombre tomó el plato embalsamado en plástico, como indican los contaminantes cánones de las taquerías de ésta noble y leal. El contenido de las pequeñas tortillas es lo de menos, aunque creo que el saberlo ayudaría a crear lazos con el hombre de éstas letras: quizás el comúnmente aceptado pastor, acaso la lengua reservada para las noches de quincena, o cabeza como los cenaba en mis años niños con mi padre, o suadero, como todavía suelo ordenarlos cuando la confección de la carne es de buen ver.
Acaso el hombre preguntó al taquero cuál salsa era la que picaba, ya sea para evitarla o para vaciarla con mayor generosidad. El hombre eligió una para acompañar su comida y por accidente salpicó a otro de los comensales. Era domingo, por lo que ignoro si el otro comensal, el otro hombre, llevaba sus prendas finas o alguna reliquia del armario, el punto es que se encabronó y su reacción fue vaciarle todo el tazón con salsa al hombre.
Éste último también se molestó y se hicieron de palabras. Ignoro los improperios que compartieron uno y otro. Sé que en algún momento el otro hombre reventó un envase de cerveza y con la mitad que quedó en su mano degolló al hombre. Así, por una cucharada de salsa. No sé si el otro hombre huyo corriendo; no me sorprendería saber que haya terminado su cena, pagado y dejado propina antes de irse en completa calma.
Mientras en el suelo yacía el hombre, el finado, el difunto. Ignoro los detalles posteriores pero creo que puedo suponer algunos y seguramente no estarán tan errados: un hombre joven dejó de existir por la bravuconada de un imbécil (una mancha de salsa o una mentada de madre no justifican arrebatar la existencia); a una familia completa y a los amigos de aquél les ha cambiado la vida y se les ha hurtado la poca inocencia que aún pudieran conservar respecto a la justicia, acaso respeto a la vida. El otro, el asesino, seguramente fue capaz de comprar su libertad con varios miles de pesos; al fin y al cabo la jurisprudencia mexicana tiene más que ver con billetes que con leyes.
Joan Manuel Serrat tiene una canción para ese tipo de canallas, "sicarios del mal" les llama él. "Algo personal" se llama la canción y describe algunas de las conductas petulantes de esos entes: "no conocen ni a su padre cuando pierden el control/ni recuerdan que en el mundo hay niños". Al final el español sentencia que "entre esos tipos y yo hay algo personal", pero me parece que se queda corta para lo que siento y quiero describir. Me remitiré a otras letras, éstas de Joaquín Sabina, para expresar mis gratitudes a esos tipos: "que los que matan, se mueran de miedo". Sí, que así sea.
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Saludos mi IVAN