La fuga del “Chapo” y los tres poderes

Los niños aprenden en la escuela que el Estado mexicano está compuesto por tres poderes: el ejecutivo, el legislativo y el judicial.  En teoría cada uno de ellos está a cargo de tareas distintas y a la vez interdependientes que contribuyen a que el poder político no se consolide en una sola persona o entidad, lo cual podría generar un régimen dictatorial y unipersonal.  Se supone pues, que el modelo de tres poderes busca generar contrapesos entre uno y otro “poder”…
En la práctica, el único “poder” visible es el ejecutivo, representado por el Presidente de la República, e históricamente se le atribuyen a este todo lo bueno y malo que ocurre en el país.  En algunos casos esa “omnipresencia” (fruto del presidencialismo mexicano del siglo XX) trasciende hasta en los incidentes del barrio: si hay baches en la calle donde vivo es porque el “preciso” no cumplió sus promesas de campaña).  Esta absurda percepción ciudadana ha generado que por un lado, se espere del Presidente en turno que logre objetivos fuera de su alcance; y, por otro, que se le culpe de prácticamente todo lo que ocurre en la esfera pública del país. 
¿Qué ocurre con los otros dos poderes mientras tanto?  A los legisladores ya nos hemos acostumbrado a considerarlos “becados” casi vitalicios que ni representan a los ciudadanos, ni legislan pero que constantemente se ven envueltos en escándalos por sus comportamientos vergonzosos o por sus gastos (con cargo al erario) que rayan en el derroche descarado.  Si a partir de 1997 los legisladores dejaron de ser mero ornamento para adornar las decisiones presidenciales, entonces su inmadurez se debe a que apenas están por cumplir la mayoría de edad… El poder judicial no está mejor.  Por un lado está la Suprema Corte, una especie de olimpo cuyos miembros parecen encargarse de asuntos supra terrenales que poco o nada tienen que ver con el día al día del país; por otro lado, están todos los órganos locales de impartición de (in)justicia, donde hasta para sacar una copia fotostática hay que desembolsar gratificaciones (por no decirles “mordidas”).  Ejemplo este de las copias fotostáticas que documenta dos cosas: lo arcaico del sistema en el que todo se tiene que manejar de manera burocrática y en papel (lo cual provoca una justicia de lentitud paquidérmica), y por otro, la corrupción que ha permeado hasta la tarea más trivial de los tribunales.

Al presidente Peña Nieto se le han cargado todas las culpas por la fuga del “Chapo” Guzmán.  Es justo, ya que la gestión de las cárceles y reclusorios son parte de sus funciones.  Lo que no es justo, es que a los otros dos poderes no se les atribuya ninguna culpa del resto de los males que aquejan al país (todos ellos parte de un círculo vicioso que tienen anclado a México y a sus habitantes).  El gran problema de México es el sistema de impartición de justicia, el cual no castiga a todos los que lo merecen (funcionarios corruptos, miembros del crimen organizado, ciudadanos de a pie que comenten delitos mayores y menores), ni lo hace en forma expedita (cuando lo hace).  Vale la pena recordar que hay tres poderes en México, y que los tres son responsables de los males que nos aquejan.  Dejemos de endosarle todos los males al Presidente de la República y asignemos responsabilidades a los otros dos poderes de la Unión, que también tienen su parte de culpa en nuestra mesa de tres patas en las que ninguna de ellas es del todo funcional.

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