La transfiguración
Recuerdo con nitidez el momento en el que mi corazón futbolero se decantó por los colores azulcrema para portarlos por el resto de mis días: era la final de la temporada 1988-89, América ante Cruz Azul en el estadio Azteca. No recuerdo haber visto los goles ni el desarrollo del partido, tan sólo la vuelta olímpica del capitán Alfredo Tena con su greñero alborotado al estilo de mi estimadísimo Omar Gónzalez con el trofeo que declaraba al América como el equipo número 1 del país. Ahí decidí mi porvenir futbolero, como quien elige ser sacerdote por una visita papal o ser economista al conocer el sueldazo de un funcionario del Banco de México.
Pasarían casi 15 años para que yo volviera a ver a las Águilas enfundadas de nuevo como campeonas, y las maneras no fueron las más gratas posibles: jugando bajo el aburridísimo esquema de Manuel Lapuente y ganando la final en medio de la más severa de las sospechas: ganándole con gol de oro al Necaxa, el otro equipo de la casa.
En los últimos dos años, el escudo en forma de balón amarillo con las iniciales CA es una moneda devaluada. Cualquier equipo de medio pelo saca puntos del estadio Azteca y ya se dió el caso que el América fuera el peor equipo de todo un torneo. Para colmo, la próxima campaña el América tendrá severos problemas de descenso.
Todo esto viene a cuento porque hace una semana el América le ganó al Cruz Azul. Así como se han convertido en constantes que el América no haga más de 12 puntos por temporada, también lo es que tres de esos puntos los obtenga a costas del equipo cementero. Eso triunfo fue el sábado, por lo que el domingo me enfundé, después de muchas vergüenzas y semanas de no hacerlo, el plumaje de mi equipo.
Fuí a desayunar con mi novia y dimos una vuelta por el centro de la ciudad. El pretexto era ver una exposición con obras de Miró, Dalí y Picasso las cuales eran un soberano bodrio. El punto es que de ahí me fuí al Estadio Jalisco a ver a las Chivas contra el Atlas, el clásico de esta noble y leal.
Mayúscula fue mi sorpresa cuando me doy cuenta que llevaba en mi pecho los colores del América mientras me dirigía al Jalisco a un partido catalogado de alto riesgo. "No me la van a fiar", pensé para mis adentros. Telefoneé a mi hermano y a mi papá para que cuando fueran al Estadio ellos por su cuenta, me llevaran mi playera de la U de G para yo entrar al Estadio portando la tricolor de los Leones Negros y no la Azulcrema.
Eso quedó arreglado. Mi conflicto alcanzaba otras dimensiones ahora: de donde dejaría el auto hasta el estadio caminaría unas siete calles. ¿Llevaría la playera puesta durante el trayecto arriesgandome a la ignominia, el desprecio y la violencia? Podría llevarla al reverso, con el escudo y los patrocinios ocultos, pero mas de uno se daría cuenta que es del América por lo que el riesgo de perder la playera y verme inmiscuido en una trifulca seguían siendo altos. Opté por la opción más generosa para con las féminas de esta noble y leal: caminaría con el torso desnudo esas seis calles hasta llegar al Estadio.
Y heme ahí. Con lentes oscuros, sin camisa, compartiendo mis abundantes carnes con la crema y nata de la afición futbolera tapatía. Para colmo, los shorts que llevaba me quedaban algo flojos, lo que me permitía mostrar mis elegantísimos boxers negros también. El cierre de la imagen eran mis huaraches de suela de llanta. Para verme más ridículo hubiera tenido que haberme teñido el pelo de rosa o morada.
Al final no me fue tan mal. Creo que dí más la imagen de aficionado revoltoso con mis 1.87 y mis casi 200 libras, pelo a rape y lentes de cadenero de antro, que de tarado americanista que llevó sus ornas sacramentales al recinto donde se adora a otras deidades. Mi padre y mi hermano estaban ahí, burlaronse brevemente de mi prominente abdomen y se hizo la transfiguración: de Caballero Águila a León Negro.
Mi corazón, está de más decir, sigue siendo azulcrema. Pero me enorgullece a rabiar el portar los colores del equipo de mi Universidad aunque su morada tenga los fétidos olores de la segunda división. Algún día, algún día, tendré el conflicto de festejar un gol del América a los Leones en el Jalisco por un partido de la Primera Nacional... algún día.
Pasarían casi 15 años para que yo volviera a ver a las Águilas enfundadas de nuevo como campeonas, y las maneras no fueron las más gratas posibles: jugando bajo el aburridísimo esquema de Manuel Lapuente y ganando la final en medio de la más severa de las sospechas: ganándole con gol de oro al Necaxa, el otro equipo de la casa.
En los últimos dos años, el escudo en forma de balón amarillo con las iniciales CA es una moneda devaluada. Cualquier equipo de medio pelo saca puntos del estadio Azteca y ya se dió el caso que el América fuera el peor equipo de todo un torneo. Para colmo, la próxima campaña el América tendrá severos problemas de descenso.
Todo esto viene a cuento porque hace una semana el América le ganó al Cruz Azul. Así como se han convertido en constantes que el América no haga más de 12 puntos por temporada, también lo es que tres de esos puntos los obtenga a costas del equipo cementero. Eso triunfo fue el sábado, por lo que el domingo me enfundé, después de muchas vergüenzas y semanas de no hacerlo, el plumaje de mi equipo.
Fuí a desayunar con mi novia y dimos una vuelta por el centro de la ciudad. El pretexto era ver una exposición con obras de Miró, Dalí y Picasso las cuales eran un soberano bodrio. El punto es que de ahí me fuí al Estadio Jalisco a ver a las Chivas contra el Atlas, el clásico de esta noble y leal.
Mayúscula fue mi sorpresa cuando me doy cuenta que llevaba en mi pecho los colores del América mientras me dirigía al Jalisco a un partido catalogado de alto riesgo. "No me la van a fiar", pensé para mis adentros. Telefoneé a mi hermano y a mi papá para que cuando fueran al Estadio ellos por su cuenta, me llevaran mi playera de la U de G para yo entrar al Estadio portando la tricolor de los Leones Negros y no la Azulcrema.
Eso quedó arreglado. Mi conflicto alcanzaba otras dimensiones ahora: de donde dejaría el auto hasta el estadio caminaría unas siete calles. ¿Llevaría la playera puesta durante el trayecto arriesgandome a la ignominia, el desprecio y la violencia? Podría llevarla al reverso, con el escudo y los patrocinios ocultos, pero mas de uno se daría cuenta que es del América por lo que el riesgo de perder la playera y verme inmiscuido en una trifulca seguían siendo altos. Opté por la opción más generosa para con las féminas de esta noble y leal: caminaría con el torso desnudo esas seis calles hasta llegar al Estadio.
Y heme ahí. Con lentes oscuros, sin camisa, compartiendo mis abundantes carnes con la crema y nata de la afición futbolera tapatía. Para colmo, los shorts que llevaba me quedaban algo flojos, lo que me permitía mostrar mis elegantísimos boxers negros también. El cierre de la imagen eran mis huaraches de suela de llanta. Para verme más ridículo hubiera tenido que haberme teñido el pelo de rosa o morada.
Al final no me fue tan mal. Creo que dí más la imagen de aficionado revoltoso con mis 1.87 y mis casi 200 libras, pelo a rape y lentes de cadenero de antro, que de tarado americanista que llevó sus ornas sacramentales al recinto donde se adora a otras deidades. Mi padre y mi hermano estaban ahí, burlaronse brevemente de mi prominente abdomen y se hizo la transfiguración: de Caballero Águila a León Negro.
Mi corazón, está de más decir, sigue siendo azulcrema. Pero me enorgullece a rabiar el portar los colores del equipo de mi Universidad aunque su morada tenga los fétidos olores de la segunda división. Algún día, algún día, tendré el conflicto de festejar un gol del América a los Leones en el Jalisco por un partido de la Primera Nacional... algún día.
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