El partido
La situación es en sumo inusual: tradicionalmente es mi hermano el menor (que cada día es más mi hermano y cada día es menos menor) quien me pide referencias de cualquier índole: en videojuegos, en la escuela, con las chicas, en el futbol… Ese domingo fui yo quien le pidió asesoría acerca de cómo arribar al Estadio Jalisco en Macrobús.
Indicaciones claras y plausibles: la máquina sólo recibe el importe exacto y no hay pierde: la única ruta que se detiene en la estación de la esquina de la casa es la que me deja justo enfrente del Monumental… estación que se llama justamente así.
A partir de que aborde el Macro pasaron tres estaciones para que los usuarios dejarán de abordar la unidad: el evidente sobrecupo y los gritos desesperados de los viajantes que cada que había parada vociferaban su veredicto: “¡Nooooo!”.
El calor era inclemente y debo decir que recordé porque no extraño viajar en autobús. Lo único grato era ver por la calle tantas playeras de los Leones Negros como seguramente no se veían desde los mejores días del equipo. Debo decir también, que como buen equipo popular, la manera por excelencia para ir al Estado debe ser en transporte público. No se puede ver al equipo de la Universidad si el traslado no es como estudiante…
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El punto de encuentro era el Oxxo de Fidel Velázquez. Desde la nacionalización de la banca a principios de los ochenta, no había sabido yo de una decisión más estúpida: ese Oxxo es tan concurrido que pretender buscar a alguien sin escurrirse entre la muchedumbre, con los manoseos que eso implica, es una labor sencillamente inconcebible.
Para colmo mi amigo Javier llega tarde con los boletos. Luego Pepe y Chema, que al verme con el jersey tricolor de la UdeG sentencia un aforismo de cordialidad futbolera: “hasta que compartimos camiseta”. Así es. La udegemanía hermana a aficionados de Chivas con los de América o del Atlas.
Podíamos entrar por no menos de ocho puertas al inmueble de la Calzada que en tiempos de Porfirio Díaz querían que fuera tan bella como la de los Campos Elíseos. Javier eligió la que teníamos más cerca, la puerta 13. Es bien sabido que en algunos hoteles se suprimen habitaciones o pisos con el número 13, tan sólo para esquivar algún encuentro con el infortunio; en nuestro caso fuimos arquitectos de nuestra propia desgracia: la tribuna a la que lleva la puerta 13 es a donde viene a desembocar La Garra, la barra del equipo. Esto podría parecer un plus para disfrutar el juego; no lo es. A las tribunas donde se ubican las porras local y visitante no le venden cervezas durante todo el partido…
Debo tener unos veinte años de ir al Estadio Jalisco, y jamás un juego me había parecido tan largo. Sin cerveza estábamos predestinados a la charla (el juego fue bastante malo; a los 20 minutos del partido ya habíamos hecho una muy organizada ola que le dio unas cuatro vueltas al Estadio): pasamos de las joterías de Chema (algunas de dimensiones monumentales que me darían material para otro entrada del blog) hasta el impuesto al consumo que propone el Presidente Felipe de Jesús.
Al final los Leones Negros empataron a un gol ante el León. La UdeG sigue en decimo tercer lugar de la tabla y siguen sin ganar como locales. Al minuto 77 insistí en que nos largaramos a un botanero y evitaramos el tráfico. Javier, creyente incorregible, se quejaba que si nos salíamos nos perderíamos el gol de último minuto de la Universidad.
Evidentemente este no llegó, pero valió la pena quedarnos para ver como la afición se le entregó a una escuadra poco talentosa pero luchona que viene a alimentar la nostalgia de una afición huérfana que habíase quedado sin equipo a quien apoyar durante 15 años. Y todavía después, en las afueras del Estadio, nos es dado ver al ex rector Raúl Padilla acompañado de una atractivísima mujer 40 años menor que él.
Campos ardido exclamó palabras más o menos que el señor no tiene candela para tenerla contenta; alguien más dio un veredicto demoledor: “Campos, con esa vieja enfrente se te para porque se te para… “.
Poco elegante, pero contundente.
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