10 años
Con todo y que mis años en el bachillerato los considero como los más divertidos de mi existencia, hubo algunos meses en lo que la disyuntiva por elegir una carrera universitaria me quitaba ligeramente la tranquilidad.
No remitiré todas las dudas que me invadieron en ese periodo (con los años me dí cuenta que la mayoría de los jovenes padecemos por un trance más o menos similar, salvo los que creen suponer que desde su infancia ya tienen predestinado el ser doctores, arquitectos, abogados o hijos de la gran puta… acaso éstos últimos colegas de estrechísima colaboración).
Me decanté por la carrera de administración de empresas, basicamente por que concebí que siempre habría empresas en el país y por ende siempre habría mercado para alguién con formación en getión empresarial. Aunque lo mio, realmente lo mío, estaba más bien relacionado con libros, ensayos y literaturas…
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Mi primer semana en la antigua facultad de administración (no me remitiré a la nomenclatura que usamos en la UdeG para los campus y escuelas y facultades) fue más o menos tediosa y me volvió a invadir la congoja: “¿así me chutaré cuatro años de mi vida entre derivadas, modelos de organización y si bien me va con una buena explicación de la curva de demanda?”. Eso sin hablar de la contabilidad que desde siempre me ha resultado más indigesta que el tributo a los Tigres del Norte.
Ahí es donde determiné darle contrapeso a mi formación escolar en la Universidad con lecturas de revistas y temas que me resultaban más deleitables y placenteros. Ahí es donde determiné darme la oportunidad de comprarme mi primer número de Letras Libres.
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La portada trae unos guerrileros cobijados por un azulísimo cielo y el tema de portada es Saldos de la guerrilla, refiriéndose a los conflictos civiles que habían azotado a algunos países de Centroamérica hacía apenas unos años.
Recuerdo de ese, para mí, primer número (en realidad la revista iba ya en su noveno ejemplar) un reportaje acerca del asesinato del obispo Juan Gerardi así como el texto de Maité Rico y Bertrand de la Grange (binomio inseparable a partir de ahí; para mí son como el dueto Pimpinela del periodismo…).
Los siguientes números son los que terminarían por amarrar mi lealtad a la revista por los próximos (hasta hoy) 10 años: Visiones del Siglo XX en octubre de 1999, Rusia, Europa y el fin del mito al mes siguiente y para terminar el año (y el siglo y el milenio): Fe y apocalipsis.
El número 10 de la revista me enganchó a darle una amplia cobertura a la historia del siglo XX (lo que yo deseaba estudiar con fervor era la licenciatura en historia): una charla entre Luis González (historiador michoacano del que yo conocía algunos ensayos y la buena fama de su Pueblo en vilo) y Enrique Krauze, director de la publicación y sumamente conocido por su participación en telenovelas y programas de corte histórico para Televisa.
Adicionalmente se trató de una manera más o menos profunda lo relacionado con el Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial (otro tema que me apasiona) y, otro horror del cual yo no estaba enterada hasta la fecha: el del archipíelago Gulag. Eso y más, para un joven de escasos 18 años que sería testigo del fin de un siglo y el inicio de otro, además de la oportunidad histórica de votar por la alternancia en la inminente y emocionantísima elección por la presidencia mexicana del año siguiente…
Para noviembre y como conmemoración de 10 años de la caída del Muro de Berlín, la revista retoma la problematica de esa ciudad en particular y del comunismo en lo general cuyo tema de portada es Rusia, Europa y el fin del mito. Praga, Varsovia, Budapest, Berlín y por supuesto “Rusia y sus imperios” (en palabras del francomexicano Jean Meyer) son algunos de los temas que sirven para refrendar la ideología de la revista heredada de su antecesora Vuelta y de su caudillo literario Octavio Paz: la libertad y la generación de ideas.
En el útlimo mes del siglo, mientras el semanario británico The Economist publicaba el obituario de Dios, “mi” revista trata acerca de Fe y Apocalipsis. Me quedaré solamente con el extraordinario ensayo de Gabriel Zaid: El Pecado original. No daré más detalles, tan sólo diré que ese ensayo debería ser material obligatorio para cualquier persona capaz de leer en español.
A partir de ahí me ha sido dado leer ediciones magníficas, otras muy buenas y otras de poco agrado (los números de ciencia me dan algo de flojera). De pura memoria recuerdo En busca de la fantasía americana, y los números previos a las elecciones federales de 2000 y 2006; ambas emocinantes, una histórica y la otra siento que todavía no termina… Acerca de ésta última, el propio Krauze vaticinó que el ganador de la elección sería Andrés M. López Obrador, y en esa misma profecía hablaba del rol que la revista y sus colaboradores tomarían con respecto a un regimen que tendía a ser mesiánico, dictatorial y poco respetuoso de las libertades. Para fortuna de muchos mexicanos, Krauze no atinó su profecía pero sí las caracterísiticas autoritarias del Mesías tropical, que quedaron al desnudo con el resultado adverso para él y los suyos en dicha elección…
Emoción aparte me provocaron las letras póstumas que el mismo Krauze le dedicara a uno de sus maestros y amigos, José Luis Martínes, el curador de las letras mexicanas. Nuevamente guardo silencio ante unas letras lucidas que emocionan, enseñan y dilucidan la realidad (una apropiada manera de resumir lo que es Letras Libres).
Entre broma y no le he dicho a mis más íntimos que la lectura de la revista me ha dejado tantas enseñanzas como mis años en la Universidad; el pasado mes de septiembre he cumplido una década, no sólo como lector sino incluso como hincha, de Letras Libres.
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