Caudillos de mi barrio I – Mi tío Ángel

Hace años intenté escribir en algunos puñados de líneas una especie de epitafio, una especie de resumen de mis días pero también un legado para que algunas de las almas con las que he tenido a bien encontrarme a lo largo de mi inexperta existencia se dieran cuenta de que su compañía había sido grata y enriquecedora para mí. Ese texto fue iniciado y ahora está perdido, pero está contemplado para "después" (aunque el bolerista dice, y correctamente "yo no sé si hay después"). En éste espacio que no busca lectores sino reseñarme y permitirme recopilar los apuntes que voy desperdigando con los años, trataré de hacer un breve recuento de algunos de los muchos camaradas con los que la providencia me ha permitido andar en éste sinuoso camino. Iniciaré con la persona a la que durante mi infancia consideré mi hermano mayor, acaso el hermano mayor que nunca tuve.

La genealogía nos define como tío y sobrino, pero en realidad somos más bien camaradas de juegos. Siempre nos tratamos de tú a tú, aunque ya en la adolescencia por una costumbre cuya causa no recuerdo decidí llamarlo "tío" en lugar de "José Ángel" (quizás como involuntario antecedente por mis lecturas y frases salidas de la Madre Patria).

Recuerdo esperar los fines de semana para poder departir con José Ángel ("joséangel" era como lo pronunciaba) y tener un compinche de juegos que en mi casa me había sido negado al no tener, en ese momento, hermanos. Solíamos ver películas de acción al estilo de Comando, Cobra, Rambo y Rocky. Invariablemente al término, nos esperaban horas de esparcimiento en los que él era siempre el paladín y yo el segundo al mando, y la tropa eran mis primos July, Juan y Elías (él era el "Jefe" y yo el "Líder" de tan estrecho organigrama). En su defecto, Ángel era el bueno de la película y yo el hijo de puta, como cuando jugábamos a emular a Rocky en su épico combate ante Iván Drago, en el que por físico y porque él siempre tenía que ser el "mero mero", yo me calzaba los guantes del ruso y él los del yanqui. La ventaja, era que mi chica era inmensamente más bonita que la de él.

Clásicos eran nuestros partidos de futbol en la sala de mi abuela, donde la diversión estaba más en la imaginación que en nuestras piernas: el balón era una pelotita a medio inflar que no botara mucho para no reventar a algún Ángel de la Guarda o algún Sagrado Corazón que colgaba de los muros de la casa (la intensidad era tal que ni el Papa Juan Pablo II se salvó de uno de mis clásicos y tan gustados tiros de larga distancia); las porterías eran unas sillas por donde teníamos que meter la pelotita para anotar. Nunca el fútbol conoció un arco tan diminuto. Está de más decir que nuestras posiciones naturales en un campo normal nos llevaban a hacer de nuestras cascaritas un capítulo más del ying-yang balompédico: él con su juego alegre y ofensivo (solía jugar como centro delantero), y yo en contraste, colgado del marco y al acecho de un letal contraataque (mi posición natural fue siempre la defensa central). Debo decir que las más de las veces el buen juego se impuso a la fuerza y a la búsqueda de un golpe de fortuna.

Pasaron los años y mi tío volvió a Estados Unidos, su patria natal. Allá casó y tiene ahora dos hijos (el segundo un ilustre varoncito que al conocerlo me regresó unos instantes a mi cada vez más lejana infancia por el impresionante parecido físico con su padre, mi socio). La lejanía y los años nos han llevado por diferentes sendas pero creo haberlo visto esbozar una mueca de gusto al encontrarnos hace apenas unos días. Eso, en una persona tan de pocas palabras como él, se puede considerar un cabal y afectuoso saludo.

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