¿Cómo recordaremos a Calderón?


Menuda sorpresa me llevé, hace unos seis ó siete años, cuando leí en la prensa los resultados de las elecciones primarias del Partido Acción Nacional (PAN) para elegir a su candidato a la presidencia de la República: Felipe Calderón derrotaba a Santiago Creel, el considerado favorito del entonces Presidente, Vicente Fox. Me generó cierto entusiasmo que el PAN eligiera a un candidato cuya formación partidaria y política era de abolengo. Calderón representaba lo más puro del panismo: valores democráticos, la lucha cuesta arriba por conseguir posiciones que sirvieran de contrapeso a los gobiernos emanados del Partido Revolucionario Institucional (PRI), activismo "de a pie", resistencia ante la persecución del gobierno-partido oficial. Calderón había sido un opositor toda su vida (cuando ser de oposición te podía costar la libertad o incluso la vida), y me parecía digno y justo que pudiera él llevar al gobierno los valores que su partido históricamente había defendido y que Vicente Fox no pudo ni le intereso hacer. Calderón había sido un opositor toda su vida, y como "opositor" le ganó la candidatura a Creel.

Un fantasma recorría México en esos años: el fantasma del populismo. Andrés Manuel López Obrador (AMLO), entonces Jefe de Gobierno de la Ciudad de México y por ende el segundo hombre más poderoso del País, era puntero en las preferencias de los electores para llegar a la presidencia (yo mismo, lo confieso, me había entusiasmado en los primeros años de gestión de AMLO en el DF y contemplaba votar por él en las elecciones de 2006). A principios de 2006, Calderón seguía rezagado con respecto a AMLO en las encuestas pero sorpresivamente pasaban los meses y las preferencias por el panista subían hasta que el día de la elección, por un estrechísimo margen, el abanderado panista ganó la elección. Los meses siguientes a los comicios, los peores rasgos del candidato perdedor florecieron: desconoció la derrota, denunció un fraude que nunca pudo siquiera describir y se hizo proclamar, en su concepción bizarra de la realidad, Presidente Legítimo de México (con gabinete y todo).

Calderón tomó protesta como Presidente de la República entre los gritos y las protestas de legisladores del PRD, que denunciaban fraude en la elección (¡elección en la que ellos mismos habían sido elegidos para ocupar una curul!). Entre las tomas de protesta del Presidente de la República y el "legítimo" hay contrastes interesantes que me parece describen mucho de lo que son Calderón y López: el primero, entre acusaciones y con buena parte de la audiencia en contra, con el seño rígido y apretando los dientes, acaso como el opositor que nunca dejó de ser; el segundo, en el Zócalo, entre sus fieles, con la mirada al cielo, acaso como aquel que bloquea todo aquello que no encaja con su visión personal de cómo las cosas deberían ser: "si la realidad no es como yo la concibo: ¡peor para la realidad!".

El Presidente Calderón, opositor hasta cuando gobierna, se distanció desde el primer día de su antecesor y correligionario Vicente Fox. Si el guanajuatense fue el mandatario de la inacción, el michoacano le declaró la guerra a los narcotraficantes desde sus primeros días despachando en Palacio Nacional. La hoy llamada lucha contra el crimen organizado tiene un saldo de 50 mil muertos en lo que va del sexenio, algunos presumiblemente miembros de los carteles de la droga y de organizaciones delictivas. Otros, los que más le duelen al país y los que cuya sangre también lo desangran, son de plano víctimas mortales de la delincuencia o civiles inocentes que estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado. Cinco de las 10 ciudades más violentas del mundo son mexicanas y ese es otro de los saldos que ha dejado el enfrentamiento iniciado por el gobierno de Calderón.

El sexenio de Calderón contabiliza la muerte en accidentes aeronáuticos no de uno, sino de dos Secretarios de Gobernación (desde siempre, cargo que se traduce como ser el número 2 en el organigrama del gobierno federal): Juan Camilo Mourinho (íntimo de Calderón y su favorito para sucederlo en 2012) y José Francisco Blake Mora. Dada la cercanía de ambos con Calderón, el rol del titular de la Segob en seguridad e inteligencia, así como la similitud en el fallecimiento de ambos, esas bajas se presumen como lances del crimen organizado en venganza a Calderón. Acaso desde el asesinato del entonces candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, en 1994, México no atestiguaba fallecimientos de políticos con éste nivel de fatalidad.

Se presta para la especulación el manejo que el Gobierno Federal, por medio de la Secretaría de Salud, hizo de la pandemia de la influenza (acaso el escenario apocalíptico más generalizado desde la Revolución Mexicana). Se suspendieron las clases, los lugares públicos cerraron y la actividad comercial cayó a niveles minúsculos. A la distancia, las medidas impuestas y sugeridas por el gobierno parecen exageradas; en realidad no hubo tantos decesos como podrían sospecharse ante la radicalidad de las acciones, pero aparentemente se hizo lo que las autoridades sanitarias a nivel mundial recomiendan. Personalmente creo que el hecho de tener un país tan rico y con condiciones tan benignas fomenta ciertas formas del conformismo; en el caso de la pandemia, en un escenario adverso y en una situación donde parecía que el país sería la cuna del virus que aniquilaría al mundo, el comportamiento de los mexicanos fue ejemplar. En efecto hubo quien se vio beneficiado, como todos aquéllos que decidieron embotellar y vender gel anti bacterial, pero aparentemente nadie lo hizo por medios ilícitos ó tramposos.

Es el ámbito económico donde creo que se manifiesta lo más sobresaliente del gobierno de Calderón. A pesar de la durísima crisis que tiene al mundo en vilo desde 2008 (los entendidos la ponen al nivel de la Gran Depresión de la década de 1930), es sobresaliente, que el país siga arrojando crecimiento en su economía mientras en Europa, por ejemplo, toman medidas emergentes de austeridad y los indicadores económicos de Estados Unidos crecen a menor nivel que los nuestros. Es cierto que el país tiene potencial para crecer al nivel de los países BRIC (Brasil, Rusia, India y China), o de otros países asiáticos y hasta latinoamericanos (como Corea y Chile), pero creo que en perspectiva, que el país se mantenga estable y con relativo vigor mientras buena parte del mundo vive pendiente de llegar al siguiente trimestre, tiene mucho mérito. Si a eso le sumamos el ambiente de violencia derivado de la lucha contra el crimen, la crispación social durante el primer tercio del sexenio derivado de la elección presidencial, la influenza y su impacto en la vida económica del país, así como la inestabilidad política producto de las fatales muertes ya referidas, es sobresaliente que el país siga creciendo. Es sencillamente inédito.

Evidentemente hay muchas cosas que le urgen a éste país: el cese de la violencia, el derramamiento de sangre y la sensación de inseguridad en la que viven millones de mexicanos; urge erradicar la modorra legislativa y que por fin se consoliden las reformas estructurales por las que clamamos desde los años en que Calderón era Presidente de su partido (y que su partido era, además, de oposición); aunque parte de esas reformas, el fortalecer la educación en México de manera que se formen profesionales con los estándares que demanda el mercado global y además ciudadanos plenos, conscientes de sus derechos y de sus obligaciones es otra tarea pendiente. Dicho esto, creo que aunque Calderón no entrega el país que los mexicanos anhelan tener, lo deja de pie, en movimiento y con una inercia ascendente. Deja también, un país desangrado por decenas de miles de bajas que le duelen a varios miles más.

Ernesto Zedillo fue el Presidente de la devaluación y "el error de diciembre" de 1994. Con el paso de los años se ha sacudido ese estigma y la asombrosa recuperación económica de México después de la crisis económica de esos años se le atribuye a él. No creo que pase lo mismo con Calderón. Aún cuando su gobierno deja buenas cuentas en prácticamente todos los rubros, se le recordará más por ser el presidente de los 60 mil muertos (sobre todo los inocentes) y el que azuzó a los delincuentes al grado que la percepción es que la criminalidad, en lugar de contraerse, se expandió y diversificó. En el fondo, eso debe ser parte de su genética panista: hacer lo que considera correcto, aún cuando sea impopular. Opositor pues, hasta el final.

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