Reforma laboral
En 1997 leí por primera vez un artículo exhortando al gobierno y a los partidos políticos a trabajar en las reformas estructurales que eran imperativas para que el país alcanzará desarrollo pleno y reversara las tendencias de pobreza y rezago que se habían recrudecido por la recién ocurrida crisis económica de 1994-95, el famoso "error de diciembre". El artículo era de la ex candidata presidencial del PT, Cecilia Soto.
La siguiente elección presidencial, la de 2000, arrojó un resultado inédito y el PRI (o sus partidos predecesores) perdieron la primera magistratura del país después de 70 años. Vicente Fox, ejecutivo guanajuatense, llegaba con un amplio respaldo popular y una personalidad briosa a la presidencia del país, y con él, grandísimas expectativas de que se consolidaran esas reformas estructurales que eran menester: política, laboral, energética, fiscal, de estado...
El sexenio de Fox fue un periodo perdido y será más recordado por alguna puntada folclórica del Jefe del Ejecutivo que por alguna manifestación de su talento o su grandeza. Para el 2006, el país estaba en una situación complicadísima en todos los ámbitos y de esas reformas prioritarias que le urgían al país, no se había bosquejado una sola y ahora el sentido de ellas no era para pretender la grandeza sino intentar acortar el rezago en el que ya estábamos con respecto al mundo, principalmente Asia, India y Brasil.
Sin duda durante el sexenio del Presidente Felipe Calderón se han llevado a cabo varios cambios legales para tratar de encontrarle un buen lugar a México en el mundo. Salvo el lascerante tema de la violencia en el país, no tengo duda que FCH deja un mejor país del que recibió: la durísima crisis de 2008 no tuvo en México (ni remotamente) las consecuencias que tuvo en EE.UU. o las que se siguen manifestando, por ejemplo, en buena parte de Europa.
No he leído el documento con los cambios propuestos recientemente a la Ley Federal del Trabajo (la llamada "reforma laboral") y a pesar que los extractos y reseñas que he leído me parecen positivos y favorables para la economía del país, el entusiasmo que el documento me genera es ver por fin al Poder Legislativo con voluntad de acelerar los cambios que los mexicanos demandamos y requerimos.
Durante lustros, los legisladores se han ganado el repudio de la ciudadanía por sus excesos, por su pereza, por su insensibilidad hacia las necesidades del pueblo, e incluso por su estupidez. El ver que los legisladores de diferentes partidos puedan ponerse de acuerdo, discutir una propuesta (acaso enriquecerla) y aprobarla, es plausible. La reforma podrá no ser perfecta, pero me enorgullece mucho más ver a un Legislativo propositivo, interesado y consciente de su importancia en el progreso de la Nación, que seguir viendo a diputados que llegan a sesionar borrachos (sin contar los que ni llegan), que están jugando con sus celulares o sus iPad en lugar de escuchar, cuestionar, debatir y proponer a sus colegas.
Me da tristeza y rabia la reacción de los legisladores del PRD y sus partidos rémoras. Ser oposición no es compartarse como parias y apestados: la oposición tambien gobierna. Yo no voté por los partidos llamados de izquierda (que mejor deberían etiquetarse como populistas), pero no creo que las personas que lo hicieron, esperaban de sus legisladores que hicieran un bloqueo tianguero en el Congreso en lugar de debatir, replantear y enriquecer las leyes.
En primera instancia, ser legislador es un honor y una distinción equiparable a la de ser Presidente de la República ("somos igual que vos pero juntos somos mucho más que vos" le respondió el entónces diputado Porfirio Muñoz Ledo al Presidente Zedillo con ocasión de un informe de gobierno). Ponerse una máscara de marrano, tomar la tribuna del Congreso, llevar mantas en señal de protesta y echar porras y mentar madres es un ultraje a la dignidad de uno de los Poderes de la Unión.
Azotar la mano en la mesa y hacer un berrinche porque se aprobó una nueva LFT es una conducta irresponsable (por decirle elegantemente): el legislador está ahí para enriquecer la idea, asegurarse que no fomenta la injusticia y que no atenta contra los menos privilegiados. Si la ley es justa y progresista, el mérito es de priistas y panistas; si no lo es, la culpa es de todos en el Congreso: si los perredistas optaron por hacer un ridículo legislativo no los exime de culpabilidad por omisión.
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