La final de Lisboa: El preámbulo perfecto
Partamos de una verdad evidente: no hay en el mundo futbol
de mayor nivel que el mostrado en la UEFA
Champions League. Sin duda no
levanta las mismas pasiones que una Copa del Mundo ni genera el mismo sentido de
pertenencia que las ligas locales de cada país, pero es en la Champions donde coinciden los mejores
clubes de Europa (y por ende del mundo), en donde juegan los mejores jugadores
del planeta y además donde verdaderamente se respetan valores como el juego
limpio y la equidad reglamentaria (la mayoría de los árbitros son de élite
mundial y la final se lleva a cabo en una sede definida anticipadamente).
De
hace algunos años a la fecha, la final soñada para los aficionados es un duele
entre el Barcelona y el Real Madrid; la edición 2014 del duelo decisivo se
quedó apenas un ligero escalón debajo de ese escenario ideal. Por primera vez en la historia del certamen,
los finalistas fueron equipos de la misma ciudad, con la dosis de fraternidad y
antagonismo que caracteriza a los duelos entre equipos que dividen a la
hinchada (a veces hasta entre hermanos, esposos y padres e hijos) mientras
comparten bares, gastronomía y en ocasiones hasta el campo de juego (es lo más
cercano que podemos encontrar en la Champions
a un partido de barrio contra barrio o cuadra contra cuadra).
Alguna
vez no pude participar en uno de esos partidos cuadra contra en los que nos
jugábamos el orgullo en la forma de unos refrescos en bolsa, debido a cuestiones de salud. Tuve que limitarme a ver parte del partido a
través de la ventana (buena parte de la “cancha” asfáltica era inalcanzable
desde mi ubicación) con la inherente frustración no sólo de no poder jugar,
sino de atestiguar un resultado adverso.
Supongo que algo parecido le ocurrió a Diego Costa, que no se quiso
perder el gran juego aun cuando no estaba físicamente apto para hacerlo. Alineó menos de 10 minutos y el Atleti muy pronto en el partido se puso
en desventaja operativa.
Hacia
los 30 minutos de partido, el caudillo de los blancos hace una salida absurda e
ineficiente y como resultado cae el gol de los Colchoneros. El Atlético apenas si había llegado al arco
merengue y el gol a favor fue una perfecta metáfora del devenir del partido:
más vigoroso fue el manotazo de Íker Casillas en su intento por que el balón no
rebasara la línea de gol (lo cual ya había ocurrido) que el cabezazo de Diego
Godín para anotar el tanto.
El
resto fue un guion más o menos previsible: el partido se jugaba en el área que
mejor le acomoda a los rojiblancos: con ventaja, organizados para impedir los
avances del rival y en el momento oportuno desdoblar y sorprender. El Atlético de Madrid logró aguantar con
relativa entereza el resto del primer tiempo y unos quince o veinte minutos del
segundo. Ancelotti mandó al campo a
Marcelo, Isco y Morata para abrir el cerrojo rival; sobre todo los dos primeros
contribuían en dar la sensación de un equipo blanco que tenía llegadas, aunque
no muy constantes, sí de relativo peligro.
Cristiano
lució perdido, Benzema inofensivo y Bale errático. El gol del empate llegó al 93, con un soberbio
cabezazo del jugador llamado a heredar el gafete de Casillas: Sergio Ramos. La orejona
se les escabullía a los pupilos de Diego Pablo Simeone prácticamente de los
dedos; el Atlético contempló jugar al filo de la navaja hasta el silbatazo
final y para cuando se dieron cuenta que tenían que jugar otros 30 minutos, ya
habían agotado su reserva anímica. El
Real Madrid, por su parte, por primera vez en el partido jugaría en un campo
allanado después de haber corrido cuesta arriba durante dos tercios del
partido.
El
desenlace fue brutal: Bale anota después de una soberbia desviada del portero
colchonero, y con ello el Madrid sólo tenía que esperar para alzar el trofeo;
el rival se desmoronó aún más, lo que les costó recibir otro par de anotaciones
que dejaron un marcador escandaloso (Marcelo y CR7, de penal). Con esto, el Madrid alzó por décima ocasión
el trofeo que lo distingue como el mejor club europeo de la temporada en un
marco que aunque no estuvo pletórico de lo que los puristas consideran buen
futbol, tuvo el resto de los ingredientes de las que se han construido las
grandes gestas balompédicas: tensión, emoción, dramatismo, goles y el odio
silencioso que distingue a los enemigos íntimos, a los hermanos que se pelean
cohabitando el mismo techo. Fue en pocas
palabras, el preámbulo perfecto para esperar la Copa del Mundo que se jugará
también en portugués.
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