¿Estamos tan mal con Peña Nieto?


La cáscara política no es la predilecta de este espacio, pero un reciente artículo publicado en The Economist inspira a dedicarle unos párrafos a la situación del país y a los innegables logros del gobierno encabezado por Enrique Peña Nieto, sobre todo los relativos a los cambios legislativos que apremiaban desde hace más de 15 años: en materia laboral, educativa, tributaria, de telecomunicaciones y sobre todo energética. La inacción en el Congreso se remonta a la segunda mitad del sexenio de Ernesto Zedillo y a la hoy llamada "docena trágica": los sexenios de Vicente Fox y Felipe Calderón, ambos emanados del Partido Acción Nacional (PAN).
Reconozco que durante mi adolescencia me formé considerando al Partido Revolucionario Institucional (PRI, partido al que pertenece Peña Nieto), como el más grande obstáculo al crecimiento del país y a una vida pública democrática y abierta. El PRI encarnaba todo mal y había que erradicarlo de la silla presidencial para verdaderamente llevar a México al siguiente nivel y eso fue lo que festivamente hicimos los mexicanos en las ya lejanas elecciones de 2000: elegimos (mi voto está incluido ahí) a Fox, un candidato ranchero que parecía tener mucho arrojo pero que gobernó como quien nada de muertito en un chapoteadero. El gobierno siguiente, el de Calderón, fue todo lo contrario: se la pasó dándole palazos al avispero y la mucha sangre derramada de civiles, militares y criminales marcó su administración.
En 2012 EPN certificó una elección que tenía ganada desde un par de años antes. Se le ha criticado por inculto, por no hablar inglés, por ser manipulado por Televisa y por Carlos Salinas, y por ser miembro del partido que encarnó para mi generación retroceso y opresión (2 de Octubre no se olvida). Ahora, y a pesar que no voté por EPN (juraba que nunca votaría por el PRI cuando adolescente, cosa que ya he hecho aunque no a nivel federal), creo que es válido reconocer que su gobierno no se ha caracterizado por ser opresor ni en la vida pública ni en los medios de comunicación (al menos no de forma obvia); que la violencia y el crimen organizado, aunque persisten y en algunos lugares de manera muy fuerte, no son ya los temas que más ocupan a los mexicanos (esta semana, por ejemplo, el tema del salario mínimo acaparó los espacios en los medios); y, que en los últimos veinte meses los congresos han sido más productivos que en los últimos veinte años…
Es cierto que las reformas legales están llegando a la parte más compleja: la implementación. Es cierto también, que algunas lucen sumamente deficientes (como la fiscal), pero no se puede negar que es positivo ver que el gobierno está siendo propositivo y está buscando mover al país en la dirección que considera apropiada (lo cual es sin duda mejor que el nado de muertito foxiano y la cerrazón calderoniana). Algunas de las reformas han dado frutos muy rápidamente (la venta de activos de América Móvil derivada de la nueva legislación en telecomunicaciones, por ejemplo) y en otras habrá que esperar a la ejecución para ver los resultados (aunque los costos se comiencen a sentir desde ya, como en el caso energético). En el largo plazo, el panorama luce halagüeño aunque sigue requiriendo de tesón, disciplina y seguramente ajustes sobre la marcha.
No recuerdo a quien le leí hace unos doce años una columna (recuerdo que era mexicano y tenía años viviendo en Francia) en la que hablaba de unas vacaciones que recién había pasado en la Ciudad de México: se quejaba de la complicada cotidianeidad que se vivía en la ciudad en aquellos años (caos vial, corrupción, carencia de educación cívica). Al final remata diciendo algo así como: qué bueno que regresé a México para recordar las razones por las que me fui a París. Una parte de mí teme que los gobiernos panistas sólo nos hayan servido para valorar el lado positivo de los gobernantes priistas… aunque depende de nosotros mismos inhibir la aparición de sus rasgos reprobables.

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