Cincuenta y dos fotos


Mientras redacto éstas líneas observe una fotografía de hace varios años. Aún vivía mi abuelo Gregorio y la mayoría de los presentes lucen esbeltos y joviales; algunos de mis primos apenas rebasaban la barrera de la infancia. Mi padre lucía un abdomen tan prominente que igual lo usaba como portavasos. Me parece que la imagen es de hace unos diez años, de alguna comida familiar de fin de semana. Yo no aparezco en la foto; haciendo recuento, seguro es de cuando yo me desempeñaba en un centro de llamadas incluso durante los fines de semana.

Veo la foto en la que estoy ausente y me sirve como referencia para calibrar lo diferente que soy hoy comparativamente con éste redactor diez años atrás. Procuro asistir a toda reunión familiar a la que puedo, sobre todo si mi abuela está presente. Ya no trabajo los fines de semana, acaso reviso pendientes y lo puedo hacer desde mi casa mediante una conexión a Internet. Creo que me alcanza a arder ver la foto en casa de mis papás y encontrar a mi abuelo y a un tío muy querido, ya fallecidos; a mi compadre, a mi padrino, a mi papá y a unos tíos y primos que todavía andan por ahí sólo que más viejos y seguramente más gordos. Me entristece un poco no estar en esa foto, sin embargo, el que yo no esté ahí es seguramente porque así lo quise: hasta cierto punto yo acepté las reglas de mi trabajo y sabía que eso implicaba ir a la oficina en sábado ó domingo.

[…]

El jueves pasado ocurrió una catástrofe más en éste país: un grupo de desalmados llegaron a un casino, rociaron gasolina en su interior, prendieron fuego y escaparon. Hay cincuenta y dos muertos y alrededor de una decena de heridos. En una frase se puede resumir lo acontecido, pero las secuelas de esas muertes es mucho más que una ciudad en sitio o un país completo en vilo. No sé si a Stalin se le atribuye un adagio ruso que dice que un muerto es una tragedia y un millón de muertos es una estadística. Es una afirmación brutal, pero vista desde cierto punto de vista es cierta: un solo muerto tiene un efecto exponencial en sus hijos, en su esposa, en sus padres, en sus hermanos, en sus amigos, en sus compañeros de trabajo incluso hasta en la gente a la que le era antipática. Ese es el efecto, devastador, permanente, de un solo muerto. Escuchar que cincuenta y dos personas perdieron la vida tan sólo por haber estado en el lugar equivocado a la hora equivocada, es indignante, duele. Pero que uno sólo de esos muertos sea uno de los tuyos es una hecatombe; los treinta segundos que tarda alguien en darte la noticia del funesto final de uno de tus seres queridos te cambia para siempre. Es diferente la persona que ignoraba que su hijo o su padre o su hermano habían muerto que la persona consciente de ello. Unos cuantos segundos que cambian a las personas… para el resto de sus vidas.

Veo de nuevo la foto en casa de mis papás y mi tristeza por no estar ahí es limitada: me perdí una comida. Pienso en todas las fotos en las que de ahora en delante faltarán 52 personas: bodas de hijos y hermanos, días de las madres, navidades, cumpleaños. Pienso en los abrazos que éstas cincuenta y dos personas no podrán ya dar ni recibir, los consejos que pretendían reservar para cuando los niños fueran mayores, las tertulias con los amigos en las que permanentemente habrá una silla vacía… No soy capaz de dimensionar la tristeza y la rabia de los deudos por todos esos momentos en los que no importa el motivo de la reunión, alguien les hará falta.

De ahora en adelante, tendremos siempre cincuenta y dos ausencias…

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